|

Desde la cima, la oración se consuma en el silencio, escuchando las chicharras gritar el calor que transita más despacio que en la profundidad de los edificios que se agolpan en la primera línea de una playa cargada de quienes posan su descanso en recorrer las arenas calientes que el mar mediterraneo derrite de Sol a Sol.
La llegada a la cumbre se vuelve tranquila, siempre que llego a este lugar me dejo llevar por su paisaje, por los árboles que siguen vigilantes de unas mañanas cargadas con un viento que hace respirar las fosas nasales en la mayor sensación de bienestar.
Cada presencia en este lugar me hace recordar las noches en que vengo a visitarlo, en que sus pequeños caminos en la montaña, el edificio destruido de aquellos monjes del medievo que escuchaban los cantos en la pequeña iglesia, dejaban su tarea para las mañanas en que oraban sembrando una tierra que se encendía con un Sol radiante.
En estos tiempos en que el nuevo monasterio, en que los nuevo edificios han sido colocados más al resguardo de esos días de frío, de esos días de una lluvia que abona los campos que sacarán los tubérculos que han sido bendecidos por aquellas meditaciones de los que se acercan a pasar unos momentos de relajación en las laderas de aquellos montes que, desde lejos, invitan a reconciliarse con su propio interior.
Abajo, junto a ese mar abierto, la gente camina lentamente, dejando los atardecres limpios de un aroma que las aguas aparcan en las orillas, en la calima que adorna unos días en que no puede distinguirse los caminares de quienes pasean su tertulia en las tranquilas playas que se cierran al anochecer, que dejan de llorar con unas olas que limpian nuevamente aquellos pensamientos que han quedado enterrados debajo de aquellos cuerpos que ahora descansan en sus moradas.
Benicasim, el desierto de las Palmas, julio 2008.
Miguel José
|